MADRID – Pasan los dĂas y seguimos sin saber cĂłmo tomar a Melanija Knavs, la exmodelo yugoslava que se nacionalizĂł estadounidense en 2006 y once años despuĂ©s se convertirĂa en la primera dama de Estados Unidos.
No sabemos si abrazarla fuerte en medio de ese gesto contrito, desolado, o tomarla con pinzas cuando dice que su marido es un tipo con el corazĂłn y la mente de un lĂder, algo que es comprensible que alguien diga de su marido. A menos que este sea presidente de los Estados Unidos de AmĂ©rica y se llame Donald Trump.
Por eso, por momentos, cuando veo la mirada perdida de Melanija/Melania, tan lejana que hace que las flores del mantel parezcan tener más vida que ella, tengo ganas de aplaudirle en medio de la nariz, como cuando se despierta a las personas hipnotizadas. O a alguien que lleva más de una dĂ©cada al lado del misĂłgino más poderoso del mundo.Los mensajes de sororidad —irĂłnica y en dosis ajustadas, tratándose de la aventajada esposa blanca de un multimillonario blanco del hemisferio norte— de la campaña #FreeMelania, parecen ser parte de un guion cĂłmico de Lena Dunham o de Amy Schumer, sobre todo cuando son enarbolados por jĂłvenes como muchas de las que marcharon el otro dĂa: “Melania, si estás en peligro, pestañea dos veces”.
El estilo dominante en las protestas en Estados Unidos ha sido el del humor feminista en modo guerrilla. Al final se han oĂdo más risas por el supuesto “sĂndrome de Estocolmo” de la señora Trump, que por las comparaciones sexistas de su vestido azul con el vestido de Michelle o el de Jessica Lange en la segunda temporada de American Horror Story. Y la denuncia ha funcionado. La idea de Melania como vĂctima ha calado.
Sin embargo, a la hora de ponernos serias, la opiniĂłn se ha dividido entre los que creen que hay que “ser amables” con ella, aunque solo sea una presunta vĂctima, y no olvidar ni por un segundo que Trump es el verdadero objetivo; y los que rechazan que se le victimice y alegan que hay que hacerla responsable de sus decisiones; por ejemplo, la de seguir tolerando a un hombre de ideas abiertamente xenĂłfobas como su marido y continuar en el papel de colaboradora de un gobierno que niega el cambio climático y se relame con la elaboraciĂłn de muros.
Y aun asĂ, más que una incĂłgnita o un personaje ambivalente, la primera dama estadounidense es ahora mismo un papel en blanco sobre el que estamos proyectando nuestras pesadillas. Por si fuera poco, todos esperarán convertirla en su instrumento: mientras su marido parece usarla como trofeo, los enemigos de Trump la quieren de arma arrojadiza, e incluso desde el feminismo la hemos usado como sĂmbolo de un estado de cosas, minimizando o exacerbando las circunstancias concretas de su “drama particular” (en caso de que sea efectivamente un drama).
Pero si intentamos trascender, por un momento, la figura de Melania, el #FreeMelania tiene un efecto mucho más potente. La denuncia es otra. No se trata de “liberar” a la supermodelo “secuestrada” por el supertirano, sino de liberarnos a nosotras mismas de los modelos que nos imponen y que no nos representan: la mujer-florero, la mujer-objeto, la mujer detrás del “gran” hombre, la primera dama…
La rebeliĂłn ante esta nueva encarnaciĂłn de lo más rancio del aparato misĂłgino y opresor en el poder es lo que viene explotando en las calles dĂa tras dĂa. Y no solo en las calles en las que Madonna o Scarlett Johansson dan discursos, tambiĂ©n en las que se llenan de mujeres perseguidas: las negras, las indĂgenas, las musulmanas, las mexicanas, mujeres que corren autĂ©nticos riesgos.
Melania no solo no pertenece a ninguno de esos colectivos sino que lo más probable es que no mueva un dedo por ellos, ni siquiera en nombre de su origen balcánico y su condiciĂłn de inmigrante en Estados Unidos. ¿Por quĂ© entonces debemos preocuparnos por sus ataques de spleen o melancolĂa? Tal vez porque en eso (tambiĂ©n) consiste el feminismo: en saber que estamos aquĂ las unas para las otras. Aunque la vĂctima de turno no pestañee.
fuente: http://www.nytimes.com/
